jaula. Nomás se acercaba el atardecer y él arrancaba para la puerta como una vaca hacia el establo, aferrado a ella, con la cabeza bamboleándose y como gimiendo a solas. Hay que reconocer que es un masoquista empedernido. Si lo que le pasó por andar jugando con puertas abiertas me hubiera pasado a mí, yo jamás volvería a querer ver una en mi vida. A menudo me he preguntado en qué estaría pensando ahí abajo, en la puerta, viendo a las muchachas volver de la escuela, intentando desear algo que ni siquiera podía recordar que ya no quería ni podía querer. Y en qué pensaría cuando lo estaban desatando y le tocaba echarse un vistazo a sí mismo y empezaba a llorar como solía hacerlo. Pero como yo digo, nunca le hicieron bastante de eso. Yo digo: yo sé lo que necesitas, necesitas lo que le hicieron a Ben, entonces te portarías bien. Y si no sabes qué fue eso, digo yo, pídele a Dilsey que te lo cuente.
Había luz en el cuarto de mamá. Metí el coche en el cobertizo y pasé a la cocina. Luster y Ben estaban allí.
—¿Dónde está Dilsey? —digo—. ¿Poniendo la cena?
—Ella está arriba con la señorita Cahline —dice Luster—. Se la han estado pasando de los pelos. Desde que llegó la señorita Quentin. Mamá está ahí arriba separándolas para que no se den. ¿Ya llegó la feria, señor Jason?
—Sí —digo.
«Pensé que oía a la banda —dice—. Ojalá pudiera ir —dice—. Podría si tan solo tuviera veinticinco centavos».
Dilsey came in.
“You come, is you?” she says. “Whut you been up to dis evenin? You knows how much work I got to do; whyn’t you git here on time?”