—Ya te dije que no iba a quedarse quieto —dijo Luster.
“¡Villano!” dijo Dilsey. “¿Qué le has hecho?”
—Yo no he hecho na. Yo le dije cuando esa gente empieza a tocar, él se enciende.
—Ven acá —dijo Dilsey—. Cállate, Benjy. Cállate ya.
Pero él no se callaba. Cruzaron el patio rápidamente, fueron a la cabaña y entraron.
—Corre a buscar ese zapato —dijo Dilsey—. No vayas a molestar a la señora Cahline, ¿oyes? Si dice algo, dile que lo tengo yo. Anda, vete ya; supongo que al menos eso sí lo harás bien.
Luster salió. Dilsey llevó a Ben hasta la cama, lo hizo sentarse a su lado y lo abrazó, meciéndose de un lado a otro mientras le limpiaba la boca babeante con el dobladillo de su falda.
—Cállate ya —dijo, acariciándole la cabeza—. Cállate. Dilsey te tiene.
Pero él mugía despacio, abatido, sin lágrimas; el sonido grave y sin esperanza de toda la miseria sin voz bajo el sol.
Luster regresó cargando una zapatilla de raso blanco. Ahora estaba amarilla, agrietada y sucia, y cuando se la pusieron en la mano a Ben, él se calló por un momento. Pero seguía sollozando y pronto volvió a alzar la voz.
—¿Crees que podrás encontrar a T. P.? —dijo Dilsey.
—Dice que ayer iba a salir para St. John’s hoy. Dice que regresa a las cuatro.
Dilsey se mecía de atrás hacia adelante, acariciándole la cabeza a Ben.