Codal
nydus/The Sound and the FuryPublic
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Ocho de abril de 1928

“Hermanos y hermanas”, dijo de nuevo.

El predicador retiró el brazo y comenzó a caminar de un lado a otro ante el estrado, con las manos cruzadas a la espalda, una figura escuálida, encorvada sobre sí misma como la de alguien confinado durante mucho tiempo en la lucha contra la tierra implacable, “¡Tengo el recuerdo y la sangre del Cordero!”.

Caminaba con paso firme de un lado a otro bajo el papel retorcido y la campana de Navidad, encorvado, con las manos cruzadas a la espalda. Era como una pequeña roca desgastada y sepultada por las olas sucesivas de su voz. Con su cuerpo parecía alimentar a la voz que, como un súcubo, había hincado sus dientes en él.

Y la congregación parecía mirar con sus propios ojos mientras la voz lo consumía, hasta que él ya no era nada y ellos no eran nada y ni siquiera había una voz, sino que en su lugar sus corazones se hablaban mutuamente en compases salmódicos más allá de la necesidad de palabras, de modo que cuando él fue a detenerse contra el atril, con su cara de simico levantada y toda su postura parecida a la de un crucifijo sereno y torturado que trascendía su mezquindad e insignificancia y la convertía en algo sin importancia, un largo y quejumbroso soplo de aliento brotó de ellos, y el soprano solitario de una mujer: “¡Sí, Jesús!”.

A medida que el día veloz pasaba por encima, las ventanas mugrientas bruscamente se iluminaban y se apagaban en una retrógrada aparición fantasmal. Un coche pasó por la carretera de afuera, esforzándose en la arena, se fue apagando. Dilsey estaba sentada muy derecha, con la mano sobre la rodilla de Ben. Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas caídas, entrando y saliendo de las miríadas de parpadeos de inmolación, abnegación y tiempo.

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