Codal
nydus/The Sound and the FuryPublic
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2 de junio de 1910

Pero desde que se cruzó con Spoade saliendo de la capilla una vez Él dijo que ella no podía ser una dama ninguna dama estaría fuera a esas horas de la noche jamás había podido perdonarle que tuviera cinco nombres, incluido el de una actual casa ducal inglesa. Estoy seguro de que se consolaba convencida de que algún Maingault o Mortemar desubicado se había enredado con la hija del guardián. Lo cual era muy probable, tanto si se lo había inventado como si no. Spoade era el campeón mundial del sedentarismo en sillones, sin restricciones y con vía libre para meter el dedo en el ojo.

El esquife era una mota ahora, los remos atrapando el sol en destellos espaciados, como si el casco fuera guiñándose el camino.

¿Tuviste alguna vez una hermana? No, pero son todas unas perras.

¿Tuviste alguna vez una hermana? Un minuto lo era. Perras. No perra un minuto estuvo parada en la puerta Dalton Ames. Dalton Ames. Las camisas de Dalton. Creí todo el tiempo que eran color caqui, el caqui de dotación del ejército, hasta que vi que eran de pesada seda china o de la más fina felpa porque le ponían la cara tan morena los ojos tan azules. Dalton Ames. Estuvo a punto de no ser vulgar. Accesorio teatral. Puro cartón piedra, y luego el tacto. Oh. Amianto. No del todo bronce. Pero no se le va a ver por la casa.

Caddy es una mujer también, recuerda. Debe hacer cosas por razones de mujer, también.

¿Por qué no lo traes a la casa, Caddy? ¿Por qué tienes que hacer como las mujeres negras en el pasto las zanjas los bosques oscuros calientes ocultos furiosos en los bosques oscuros.

Y al cabo de un rato llevaba ya un buen rato oyendo mi reloj y podía sentir cómo las cartas crujían a través de mi abrigo, contra la barandilla, y me apoyé en la barandilla, mirando mi sombra, cómo la había engañado.

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