—¿Sí? —le digo—. Dile eso a tu abuela y a ver qué te dice. No se te ve del todo desnuda —le digo—, por mucho que esa cosa que llevas en la cara tape de ti más que cualquier otra cosa que lleves puesta.
—¿Crees que tu dinero o el de ella pagaron un solo centavo de esto? —dice ella.
—Pregúntale a tu abuela —le digo—. Pregúntale qué fue de esos cheques. Según recuerdo, a ti te consta que quemó uno.
Ni siquiera estaba escuchando, con la cara toda empastada de maquillaje y los ojos duros como los de un perro chandoso.
“¿Sabe lo que haría si pensara que su dinero, o el de ella, compró ni un solo centavo de esto?”, dice, poniendo la mano sobre su vestido.
–¿Qué harías tú? –digo–, ¿vestir un barril?
—Me lo arrancaría ahora mismo y lo tiraría a la calle —dice—. ¿No me crees?
—Seguro que sí —digo—. Lo haces siempre.
—Mira si no lo haría —dice ella.
Agarró el escote del vestido con ambas manos e hizo el amago de rasgarlo.
—Como rompas ese vestido —digo—, te voy a dar una tunda aquí mismo que te vas a acordar toda la vida.
—Ya verás cómo sí —dice ella.
Entonces vi que de verdad estaba intentando rompérselo, arrancárselo del todo. Para cuando detuve el auto y la agarré de las manos, había una docena de personas mirando. Por un momento me dio tanta rabia que me quedé como ciego.