«Oh», dice. Miró el cheque un rato. «Me alegra saber que es tan… que tiene tanto… Dios ve que estoy obrando bien», dice.
—Ándale —le digo—, acaba. Termina con la gracia.
“¿Divertido? —dice ella—, cuando pienso…”
—Pensé que estabas quemando estos doscientos dólares al mes por diversión —le digo—. Venga, ya. ¿Quieres que encienda la cerilla?
“Podría llegar a aceptarlos —dice— por el bien de mis hijos. No tengo orgullo”.
—Nunca estarías conforme —le digo—; ya sabes que no. Eso ya lo decidiste una vez, déjalo así. Podemos arreglarnos.
—Os lo dejo todo —dice—. Pero a veces me da miedo que al hacer esto os esté privando a todos de lo que por derecho os pertenece. Tal vez se me castigue por ello. Si queréis que lo haga, sofocaré mi orgullo y los aceptaré.
—¿De qué serviría empezar ahora, cuando los has estado destruyendo durante quince años? —le digo.
—Si sigues haciéndolo, no habrás perdido nada, pero si empezaras a aceptarlos ahora, habrás perdido cincuenta mil dólares. Hemos tirado para adelante hasta ahora, ¿no? —le digo—. Todavía no te he visto en el asilo de pobres.
—Sí —dice ella—, los Bascomb no necesitamos la caridad de nadie. Y menos la de una mujer caída.
Encendió la cerilla, prendió fuego al cheque, lo metió en la pala y luego hizo lo mismo con el sobre, y los vio arder.