Me miró, oscura, secreta y amistosa.
“¿Dónde vive, hermana? ¿No vive allá atrás en el pueblo?”
Había un pájaro en alguna parte del bosque, más allá de la rota y escasa inclinación de la luz del sol.
—Tu papá va a estar preocupado por ti. ¿No crees que te van a dar una paliza por no venirte derecho a casa con ese pan?
El pájaro volvió a silbar, invisible, un sonido carente de sentido y profundo, sin inflexión, cesando como si lo cortaran con el tajo de un cuchillo, y otra vez, y esa sensación de agua rauda y apacible sobre parajes secretos, sentida, no vista no oída.
—Oh, diablos, hermana.
Más o menos la mitad del papel colgaba lacio.
—Así ya no sirve de nada.
Lo arranqué y lo tiré al borde del camino.
—Vamos. Tendremos que volver al pueblo. Volveremos bordeando el río.
Dejamos el camino.
Entre el musgo crecían pequeñas flores pálidas, y la sensación de agua muda y oculta.
Me da por usar así quiero decir suelo usar
Ella estaba parada en la puerta mirándonos las manos en la cintura
Me empujaste fue tu culpa me dolió a mí también