digo. Volví al mostrador y arreglé el cheque. Tratando de apurarme y todo eso, me digo a mí misma que menos mal que la vista le está fallando, con esa pequeña fulana en la casa, una mujer cristiana y sufrida como mamá. Le digo tú sabes tan bien como yo en lo que va a convertirse pero le digo ese es tu asunto, si quieres quedarte con ella y criarla en tu casa solo por papá. Entonces ella empezaba a llorar y decía que era su propia carne y sangre, así que yo solo le digo Está bien. Haz lo que quieras. Yo puedo aguantarlo si tú
Volví a arreglar la carta y la pegué de nuevo y salí.
—Trata de no tardar más de lo estrictamente necesario —dice Earl.
—Está bien —digo. Fui a la oficina de telégrafos. Los muchachos listos estaban todos allí.
—¿Alguno de ustedes, muchachos, ha hecho ya un millón? —digo.
—¿Quién puede hacer nada, con un mercado así? —dice Doc.
—¿Qué está haciendo? —digo.
Entré y miré. Estaba a tres puntos por debajo de la apertura.
—Muchachos, no van a dejar que una pequeñez como el mercado del algodón los venza, ¿o sí? —digo—. Creí que eran demasiado inteligentes para eso.
—¿Qué inteligencia ni qué ocho cuartos —dice Doc—. A las doce había bajado doce puntos. Me dejó en la ruina.
«¿Doce puntos? —digo—. ¿Por qué diablos no me avisó alguien? ¿Por qué no me avisaste?», le digo a la operadora.
—Lo tomo como viene —dice—. No tengo un chanchullo.