complacer a otra gente. Ajustó una tuerca. —Aquí no trabaja mucho nadie a excepción del picudo, de todos modos —dice.
—Más te vale alegrarte de no ser un picudo del algodonero esperando a esas cultivadoras —le digo—. Trabajarías hasta morir antes de que estuvieran listas para impedírtelo.
—Esa es la verdá —dice—, el gorgojo del algodón la pasa mal. Trabaja tos los días de la semana bajo el sol caliente, llueva o truene. No tiene porche al frente pa sentarse y ver las sandías crecer y el sábano no significa na de na pa él.
—Tampoco el sábado significaría nada para ti —le digo—, si dependiera de mí pagarte el jornal. Saca esas cosas de las cajas ahora y arrástralas hacia adentro.
Abrí primero su carta y saqué el cheque. Tal cual una mujer. Seis días tarde. Y todavía pretenden hacerle creer a los hombres que son capaces de llevar un negocio.
Cuánto duraría en los negocios un hombre que pensara que el primero de mes cae a seis. Y lo más seguro es que, cuando mandaran el estado de cuenta del banco, ella querría saber por qué nunca deposité mi sueldo hasta el día seis. Cosas así jamás se le ocurren a una mujer.
«No tuve respuesta a mi carta sobre el vestido de Pascua de Quentin. ¿Llegó bien? No he tenido respuesta a las últimas dos cartas que le escribí, aunque el cheque de la segunda fue cobrado junto con el otro cheque. ¿Está enferma? Avísame de inmediato o iré allí a averiguarlo