—Hermanos —dijo el pastor en un siseo áspero, sin moverse.
—¡Sí, Jesús! —dijo la voz de la mujer, aún en un susurro.
“¡Hermanos y hermanas!” Su voz volvió a resonar, junto con las trompetas. Retiró el brazo, se puso erguido y levantó las manos. “¡Tengo el recuerdo y la sangre del Cordero!”.
No advirtieron exactamente en qué momento su entonación, su pronunciación, se volvieron negroides, solo se quedaron sentados, balanceándose un poco en sus asientos mientras la voz los envolvía.
“Cuando los largos, fríos—¡Oh, os digo, hermanos, cuando los largos, fríos—Veo la luz y veo la palabra, ¡pobre pecador! Se desvanecieron en Egipto, los carros oscilantes; las generaciones se desvanecieron. Hubo un hombre rico: ¿dónde está ahora, oh hermanos? Hubo un hombre pobre: ¿dónde está ahora, oh hermanas? ¡Oh, os digo, si no tenéis la leche y el rocío de la vieja salvación cuando los largos y fríos años se alejan rodando!”
“¡Sí, Jesús!”
“Os digo, hermanos, y os digo, hermanas, que llegará un tiempo. El pobre pecador diciendo Dejadme descansar con el Señor, dejadme deponer mi carga. ¿Y entonces qué va a decir Jesús, oh hermanos? ¿Oh hermanas? ¿Tenéis el riculguero y la Sangre del Cordero? ¡Pues no voy a abrumar el cielo!”
Rebuscó en su abrigo, sacó un pañuelo y se secó la cara.
Un murmullo bajo y unánime surgió de la congregación: «¡Mmmmmmmmmmmmmm!».
La voz de la mujer dijo: «¡Sí, Jesús! ¡Jesús!».