—¡Ya basta! —dijo—. ¡Aquí! ¡Aquí! Me bajaré. Dame tiempo y me bajaré.
—Llámame mentiroso —lamentó el otro—, déjame ir. Déjame ir solo un minuto. Te voy a enseñar.
Jason miraba furioso a su alrededor, sosteniendo al otro. Afuera ahora hacía un sol brillante, rápido y luminoso y vacío, y pensaba en la gente que pronto regresaría silenciosamente a casa para la cena del domingo, decorosamente festiva, y en sí mismo tratando de retener al diminuto, fatal y furioso viejo a quien no se atrevía a soltar el tiempo suficiente para darle la espalda y huir.
—¿Quieres dejarlo el tiempo suficiente para que pueda salir? —dijo—. ¿Quieres?
Pero el otro seguía forcejeando, y Jason liberó una mano y lo golpeó en la cabeza. Un golpe torpe, apresurado y no muy fuerte, pero el otro se desplomó de inmediato y cayó deslizándose entre sartenes y cubos hasta el suelo.
Jason se quedó de pie sobre él, jadeando, escuchando. Luego dio media vuelta y huyó del vagón. En la puerta se contuvo y bajó más despacio y volvió a quedarse ahí plantado. Su aliento producía un sonido como de hah hah hah y se quedó allí intentando reprimirlo, lanzando la mirada de un lado a otro, cuando ante un ruido de forcejeo a sus espaldas se giró a tiempo de ver al viejecito saltando con torpeza y furia desde el vestíbulo, con una hacha oxidada en alto.
Se aferró a la hacha, sin sentir conmoción pero sabiendo que estaba cayendo, pensando Así es como terminará, y creyó que estaba a punto de morir y cuando algo se estrelló contra su nuca pensó ¿Cómo me pegó ahí? Solo que tal vez me pegó hace mucho tiempo, pensó, Y apenas ahorita lo sentí, y pensó Date prisa. Date prisa. Acaba con esto, y