Algunos subieron al muro y se arrojaron al vacío, en la mayoría de los casos con un resultado fatal. Un grupo logró encontrar una puerta desierta y, consiguiendo un hacha de una mujer, cortó el tranca; pero como pronto fueron descubiertos, solo unos pocos lograron salir. Otros fueron masacrados sistemáticamente en diferentes partes de la ciudad.
El cuerpo más numeroso y compacto se precipitó en un gran edificio contiguo a la muralla de la ciudad: las puertas del lado de la calle se hallaban abiertas, y los tebanos se imaginaron que eran las puertas de la población y que había un pasaje directo hacia el exterior.
Los plateos, viendo a sus enemigos en una trampa, deliberaron entonces si debían prender fuego al edificio y quemarlos tal como estaban, o si había alguna otra cosa que pudieren hacer con ellos; hasta que por fin estos y el resto de los supervivientes tebanos que vagaban por la ciudad acordaron una rendición incondicional de sí mismos y de sus armas a los plateos.
Mientras tal era la suerte de los expedicionarios en Platea, el resto de los tebanos que debían habérseles unido con todas sus fuerzas antes del amanecer, en caso de que algo saliera mal con el grupo que había entrado, recibieron la noticia del suceso en el camino y se apresuraron a socorrerlos.
Pues Platea dista casi ocho millas de Tebas, y su marcha se vio retrasada por la lluvia caída durante la noche, ya que el río Asopo había crecido y no era fácil de cruzar; y así, al tener que marchar bajo la lluvia y verse obstaculizados al cruzar el río, llegaron demasiado tarde y hallaron a todos los suyos muertos o cautivos.