celebraron su asamblea ordinaria y les invitaron a hablar. Fueron muchos los que tomaron la palabra y expusieron sus respectivas acusaciones; entre ellos los megarenses, en una larga lista de agravios, llamaron la atención especialmente sobre el hecho de su exclusión de los puertos del imperio ateniense y del mercado de Atenas, desafiando el tratado. Los últimos en subir a la tribuna fueron los corintios, y tras haber dejado que quienes les precedieron enflamaran a los lacedemonios, intervinieron a continuación con un discurso del siguiente tenor:
“¡Lacedemonios! La confianza que sentís en vuestra constitución y orden social os inclina a recibir cualquier reflexión nuestra sobre otras potencias con cierto escepticismo. De ahí nace vuestra moderación, pero de ahí brota también el conocimiento más bien limitado que demostráis al tratar la política exterior. Una y otra vez se alzó nuestra voz para advertiros de los golpes que Atenas se disponía a asestarnos, y una y otra vez, en vez de tomaros la molestia de comprobar el valor de nuestras comunicaciones, os contentasteis con sospechar que los oradores estaban inspirados por un interés particular. Y así, en vez de convocar a estos aliados antes de que cayera el golpe, lo habéis demorado hasta que lo sufrimos en carne propia; aliados entre los cuales no tenemos el menor derecho a hablar, puesto que somos los que mayores quejas acumulamos, quejas por la ultraje ateniense y la negligencia lacedemonia. Ahora bien, si estos asaltos contra los derechos de Hélade se hubieran cometido en la oscuridad, podríais ignorar los hechos y sería nuestro deber iluminaros. Tal como están las cosas, no hacen falta largos discursos allí donde veis la servidumbre consumada para unos, proyectada para otros —en particular