plazo en el que aquellos que aún rehusaban incorporarse debían ser declarados enemigos de ambos bandos, pero cuidaba de no comprometerse mediante ningún acuerdo escrito. Por su parte los atenienses, al ver que ninguna de estas promesas se cumplía en los hechos, comenzaron a dudar de la honradez de sus intenciones y, en consecuencia, no solo se negaron a satisfacer sus demandas respecto a Pilos, sino que también se arrepintieron de haber entregado a los prisioneros de la isla y retuvieron firmemente los demás lugares hasta que se cumpliera la parte del tratado correspondiente a Lacedemonia. Lacedemonia, en cambio, decía que había hecho lo que estaba en su mano, pues había entregado a los prisioneros de guerra atenienses que tenía en su poder, había evacuado Tracia y había cumplido todo lo demás que dependía de ella. No le era posible restituir Anfípolis; pero se esforzaría por hacer que los beocios y los corintios aceptaran el tratado, por recuperar Panacto y por enviar a casa a todos los prisioneros de guerra atenienses que se encontraban en Beocia. Entretanto exigía que se devolviera Pilos o, al menos, que se retirara a los mesenios y a los ilotas —tal como sus propias tropas habían hecho en Tracia—, y que el lugar fuera guarnezido, de ser necesario, por los mismos atenienses. Tras una serie de diversas conferencias celebradas durante el verano, Lacedemonia logró persuadir a Atenas para que retirara de Pilos a los mesenios y al resto de los ilotas y desertores de Laconia, los cuales fueron instalados por ella en Cranios, en Cefalenia. De este modo, durante aquel verano hubo paz y relaciones entre ambos pueblos.
El invierno siguiente, sin embargo, los éforos bajo cuyo mandato se había hecho el tratado ya no estaban en el cargo, y algunos de sus sucesores se oponían directamente a él.