atentos para captar la voz de mando, tanto más cuanto que nos estamos observando mutuamente desde tan corta distancia; y en la acción considerad de máxima importancia el orden y el silencio —cualidades útiles en la guerra en general, y en los combates navales en particular— y comportaos ante el enemigo de una manera digna de vuestras pasadas hazañas. Los objetivos por los que vais a luchar son grandes: destruir las esperanzas navales de los peloponesios o acercar a los atenienses sus temores por el mar. Y puedo recordaros una vez más que ya habéis derrotado a la mayoría de ellos; y los hombres vencidos no afrontan un peligro dos veces con la misma
Tal fue la exhortación de Formio. Los peloponesios, al ver que los atenienses no entraban en el golfo ni en los estrechos para conducirlos dentro quisieran o no, zarparon al amanecer y, formando de cuatro en fondo, navegaron dentro del golfo en dirección a su propio país, con el ala derecha a la cabeza tal como habían estado fondeados. En esta ala situaron a veinte de sus mejores naves, de modo que, en el caso de que Formio pensara que su objetivo era Naupacto y, bordeando la costa, se dirigiera allí para salvar el lugar, los atenienses no pudieran escapar a su embestida rebasando su ala, sino que fueran cortados por las naves en cuestión. Tal como esperaban, Formio, alarmado por el lugar en ese momento desguarnecido, tan pronto los vio zarpar, embarcó a regañadientes y con prisa y navegó junto a la costa; las fuerzas terrestres mesenias se desplazaban también para apoyarlo. Los peloponesios, al verlo navegar junto a la costa con sus naves en fila india, y por este medio dentro del golfo y muy cerca de la orilla como