Este Río era favorable a los atenienses. El otro, en el Peloponeso, se encuentra enfrente; el mar entre ambos tiene una anchura de unas tres cuartas partes de milla y forma la boca del golfo Criseo. En este último, el Río acayo, no lejos de Panormo, donde se hallaba su ejército, los peloponesios echaron ahora anclas con setenta y siete naves, al ver que los atenienses hacían lo propio. Durante seis o siete días permanecieron unos frente a otros, practicando y preparándose para la batalla; unos resueltos a no salir de los Ríos hacia mar abierto, por miedo al desastre que ya les había ocurrido, y los otros a no adentrarse en el estrecho, al considerar ventajoso para el enemigo combatir en un lugar angosto. Por último, Cnemo, Brásidas y los demás comandantes peloponesios, deseosos de entablar combate lo antes posible, antes de que llegaran refuerzos de Atenas, y al percatarse de que la mayoría de los hombres estaban acobardados por la derrota anterior y desanimados para la empresa, los convocaron primero y los animaron de la siguiente manera:
«Peloponesios, el reciente combate, que quizá haya hecho que algunos de vosotros temáis el que ahora tenéis por delante, no da en realidad motivo justo de aprensión. Preparación para él, como sabéis, hubo bien poca; y el objetivo de nuestra travesía no era tanto luchar en el mar como una expedición por tierra. Aparte de esto, las circunstancias de la guerra estuvieron muy en nuestra contra; y tal vez también la falta de experiencia tuvo algo que ver con nuestro fracaso en la primera acción naval. No fue, por tanto, la cobardía lo que produjo nuestra derrota, ni la determinación —que la fuerza no ha sofocado, sino que aún tiene algo que decir ante su adversario— debe perder su filo a causa del resultado de un accidente; sino que, admitiendo la posibilidad de un