Alcibíades dijo que una gran expedición como la presente no debía deshonrarse marchándose sin haber hecho nada; debían enviarse heraldos a todas las ciudades excepto a Selinunte y Siracusa, y hacer esfuerzos para que algunos de los sículos se revoltasen contra los siracusanos y conseguir la amistad de otros, a fin de tener grano y tropas; y, ante todo, ganar a los mesenios, que se encontraban justo en el paso y la entrada a Sicilia, y proporcionarían un puerto excelente y una base para el ejército.
Así, tras atraerse a las ciudades y saber quiénes serían sus aliados en la guerra, podrían por fin atacar Siracusa y Selinunte; a menos que estos últimos llegaran a un acuerdo con Egesta y los primeros dejasen de oponerse a la restauración de Leontinos.
Lamaco, en cambio, dijo que debían navegar directamente hacia Siracusa y librar su batalla de inmediato bajo los muros de la ciudad, mientras la gente aún no estaba preparada y el pánico se encontraba en su punto máximo. Todo despliegue militar es de entrada de lo más temible; si se deja pasar el tiempo sin mostrarse, el valor de los hombres se reanima y al fin lo ven aparecer casi con indiferencia. Atacando de repente, mientras Siracusa aún temblaba ante su llegada, tendrían las mejores posibilidades de conseguir la victoria para sí mismos y de infundir un pánico absoluto en el enemigo mediante el aspecto de sus fuerzas —que jamás volverían a parecer tan considerables como en ese momento—, la anticipación del desastre inminente y, sobre todo, el peligro inmediato del combate.