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nydus/History of the Peloponnesian WarPublic
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XVIII. La campaña siciliana

«Atenienses, tengo mejor derecho que los demás a mandar —debo empezar por esto, ya que Nicias me ha atacado— y al mismo tiempo me considero digno de ello. Las cosas por las que se me injuria otorgan fama a mis antepasados y a mí mismo, y además proveen de beneficios al país. Los helenos, después de esperar ver nuestra ciudad arruinada por la guerra, la consideraron aún más grande de lo que en realidad es, debido a la magnificencia con la que la representé en los juegos olímpicos, cuando envié a la liza siete carros, un número que ningún particular había presentado jamás, y gané el primer premio, y fui segundo y cuarto, y cuidé de que todo lo demás estuviera a la altura de mi victoria. La costumbre considera honorables tales despliegues, y estos no pueden realizarse sin dejar tras de sí una impresión de poder. Asimismo, cualquier esplendor que yo haya exhibido en el ámbito doméstico al proporcionar coros u otros menesteres, es naturalmente envidiado por mis conciudadanos, pero ante los ojos de los extranjeros tiene un aire de fuerza, tal como en el otro caso. Y esto no es una necedad inútil, cuando un hombre, a sus expensas privadas, beneficia no solo a sí mismo, sino a su ciudad; ni es injusto que quien se enorgullece de su posición se niegue a estar en pie de igualdad con el resto. El que está desfavorecido carga con sus desgracias en solitario, y puesto que no vemos que los hombres sean agasajados en la adversidad, por el mismo principio uno debe aceptar la insolencia de la prosperidad; o si no, que mida primero con la misma vara a todos para luego exigir que se le mida a él con ella. Lo que sé es que personas de esta índole y todas las demás que han alcanzado alguna distinción, aunque puedan ser impopulares en vida en sus relaciones con sus semejantes y especialmente con sus iguales, dejan a

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