de su voluntad, pues de otro modo jamás se habrían arreglado, tras una derrota tan decisiva, a un nuevo combate. No tenéis por qué temer, por tanto, su ímpetu. Vosotros, por el contrario, infundís un temor mucho mayor y mejor fundado, tanto a causa de vuestra reciente victoria como de la creencia de ellos de que no les haríamos frente a menos que fuéramos a hacer algo digno de un éxito tan señalado. Un adversario numéricamente superior, como el que tenemos ante nosotros, entra en acción confiando más en la fuerza que en la resolución; mientras que quien afronta voluntariamente unas probabilidades formidables ha de poseer muy grandes recursos internos de los cuales echar mano. Por estas razones, los peloponesios temen nuestra audacia irracional más de lo que jamás habrían temido una preparación más proporcionada. Además, muchos ejércitos han sucumbido ya con anterioridad ante uno inferior por falta de habilidad o a veces de valor; defectos de los cuales ninguno es ciertamente el nuestro. En cuanto a la batalla, no será, si puedo evitarlo, en el estrecho, ni entraré a navegar allí en absoluto; dado que, en un concurso entre un número de naves torpemente manejadas y una escuadra pequeña, rápida y bien gobernada, la falta de espacio marítimo es una desventaja indudable. No es posible embestir debidamente a un enemigo sin avistarlo a buena distancia, ni retirarse en caso de necesidad cuando se es presionado; no se puede romper la línea ni volver sobre su retaguardia, las tácticas propias de un navegante veloz; sino que la acción naval se convierte necesariamente en una terrestre, en la cual el número ha de decidir el asunto. De todo esto proveeré en la medida de lo posible. Manteneos en vuestros puestos junto a vuestras naves, y estad
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VIII. El tercer año de la guerra
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