que, lejos de existir las sumas prometidas, todo lo que se podía reunir eran treinta talentos. Los generales no se desanimaron poco al verse defraudados de este modo en los comienzos, y por la negativa de los regios a unirse a la expedición, el pueblo al que primero habían intentado ganar y en el que más razón tenían para confiar, debido a su parentesco con los leontinos y su constante amistad hacia Atenas. Si Nicias estaba preparado para la noticia procedente de Segesta, sus dos colegas fueron tomados por completa sorpresa. Los segestanos habían recurrido a la siguiente estratagema cuando los primeros enviados de Atenas acudieron a inspeccionar sus recursos. Condujeron a los enviados en cuestión al templo de Afrodita en Érix y les mostraron los tesoros allí depositados: cuencos, cucharones para el vino, incensarios y una gran cantidad de otros utensilios que, por ser de plata, daban una impresión de riqueza totalmente desproporcionada respecto a su valor real, que era pequeño. También agasajaron en privado a las tripulaciones de las naves y reunieron todas las copas de oro y plata que pudieron encontrar en la propia Segesta o pudieron pedir prestadas en las poblaciones fenicias y helenas vecinas, y cada cual las llevaba a los banquetes como si fueran suyas; y como
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XIX. El decimoséptimo año de la guerra
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