Entre tanto, los avisos de las señales de fuego y el repentino aumento de los fuegos en la orilla enemiga informaron a los dieciocho barcos atenienses en Sesto de la aproximación de la flota del Peloponeso.
Esa misma noche zarparon a toda prisa tal como estaban y, ceñidos a la costa del Quersoneso, navegaron a lo largo de esta hasta Eleunte, con el fin de salir a mar abierto alejándose de la flota del enemigo.
Tras rebasar sin ser vistos los dieciséis barcos de Abidos —los cuales, sin embargo, habían sido prevenidos por sus amigos que se acercaban para que estuvieran alerta e impidieran su salida—, al amanecer divisaron la flota de Míndaro, que se lanzó inmediatamente en su persecución.
No todos tuvieron tiempo de escapar; la mayor parte, sin embargo, huyó a Imbros y Lemnos, mientras que cuatro de los que iban más atrazados fueron alcanzados frente a Eleunte.
Uno de ellos encalló frente al templo de Protesilaos y fue capturado con su tripulación; otros dos, sin sus tripulaciones; el cuarto fue abandonado en la costa de Imbros e incendiado por el enemigo.
Después de esto, a los peloponesios se les sumó el escuadrón de Abidos, con lo cual su flota completó un gran total de ochenta y seis naves; pasaron el día intentando sitiar infructuosamente Elea, y luego navegaron de regreso a Abidos.
Entre tanto los atenienses, engañados por sus vigías y sin llegar a imaginarse jamás que la flota enemiga lograra pasar sin ser detectada, sitiaban tranquilamente Ereso. Tan pronto como oyeron la noticia, abandonaron al instante Ereso y se dirigieron a toda velocidad hacia el Helesponto y, tras capturar dos de los barcos peloponesios —que, llevados por el ardor de la persecución, se habían adentrado demasiado en mar abierto y ahora les salieron al paso—, fondearon al día siguiente en Elea y, trayendo de vuelta las naves que se habían refugiado en Imbros, se prepararon durante cinco días para el inminente combate.