aquí a atacarnos. Así es como se ha ganado el imperio, tanto por nosotros como por todos los demás que lo han ostentado, mediante una disposición constante a respaldar a todos, ya sean bárbaros o helenos, que soliciten asistencia; puesto que, si todos permanecieran inactivos o escogieran minuciosamente a quién deben ayudar, haríamos bien pocas nuevas conquistas y pondríamos en peligro las que ya hemos ganado. Los hombres no se contentan con parar los ataques de un superior, sino que a menudo asestan el primer golpe para evitar que el ataque se produzca. Y no podemos fijar el punto exacto en el que debe detenerse nuestro imperio; hemos alcanzado una posición en la que no debemos conformarnos con retenerlo, sino tramar su expansión, pues, si dejamos de gobernar a otros, corremos el peligro de ser gobernados nosotros mismos. Tampoco podéis contemplar la inacción desde el mismo punto de vista que los demás, a menos que estéis preparados para cambiar vuestros hábitos y hacerlos semejantes a los suyos. > > ¡Estad convencidos, pues, de que acrecentaremos nuestro poder en la metrópoli con esta aventura en el extranjero!, y emprendamos la expedición para humillar así el orgullo de los peloponesios zarpando hacia Sicilia y permitiéndoles ver cuán poco nos importa la paz de la que ahora disfrutamos; y al mismo tiempo nos convertiremos en dueños, como muy fácilmente podemos, de toda la Hélade mediante la adhesión de los helenos de Sicilia, o en cualquier caso arruinaremos a los siracusanos, no con pequeño provecho para nosotros y nuestros aliados. La facultad de quedarnos en caso de éxito, o de regresar, nos la asegurará nuestra armada, ya que seremos superiores en el mar a todos los sícilos juntos. Y no permitáis que la política de
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XVIII. La campaña siciliana
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