como debiera, se los declararemos. Los atenienses vinieron a esta tierra primero para efectuar la conquista de Sicilia y, después de eso, si tenían éxito, del Peloponeso y del resto de la Hélade, poseyendo ya el mayor imperio conocido hasta entonces, presente o pasado, entre los helenos. Aquí por primera vez han encontrado en vosotros a hombres que hicieron frente a su armada, la cual los hacía dueños de todas partes; ya los habéis derrotado en los combates navales anteriores, y con toda probabilidad los volveréis a derrotar ahora. Cuando los hombres son frenados una vez en aquello que consideran su excelencia especial, toda su opinión sobre sí mismos sufre más que si no hubieran creído al principio en su superioridad, y el golpe inesperado a su orgullo hace que cedan más de lo que su fuerza real justifica; y este es probablemente el caso ahora de los atenienses. > > «Con nosotros es diferente. La estimación original de nosotros mismos que nos dio valor en los días de nuestra inexperiencia se ha fortalecido, mientras que la convicción sobreañadida de que debemos ser los mejores marinos de la época, si hemos vencido a los mejores, ha dado una doble medida de esperanza a cada uno de nosotros; y, por lo general, donde hay mayor esperanza, hay también mayor ardor para la acción. Los medios para combatinos que han intentado encontrar copiando nuestro armamento nos son familiares en nuestra forma de hacer la guerra, y se les hará frente con las disposiciones adecuadas; mientras que ellos nunca podrán tener un número de infantería pesada en sus cubiertas, contrariamente a su costumbre, y una multitud de flecheros (nacidos en tierra, por decirlo así, acarnanios y otros, embarcados a flote, que no sabrán cómo disparar sus armas
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XXIII. Decimonoveno año de la guerra
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