de honor, recibió por respuesta que el atraktos —es decir, la flecha— valdría muchísimo si fuese capaz de distinguir a los hombres de honor de los demás; en alusión a que los muertos eran aquellos a los que las piedras y las flechas habían dado por casualidad.
A la llegada de los hombres, los atenienses decidieron mantenerlos en prisión hasta la paz, y si los peloponesios invadían su país en el ínterin, sacarlos y darles muerte.
Mientras tanto, la defensa de Pilos no fue olvidada; los mesenios de Naupacto enviaron a su antigua patria, a la que Pilos pertenecía anteriormente, a algunos de los más aptos de entre ellos, y comenzaron una serie de incursiones en Laconia, que su dialecto común hizo de lo más destructivas.
Los lacedemonios, hasta entonces sin experiencia en incursiones o en un tipo de guerra semejante, al ver que los ilotas desertaban y temer el avance de la revolución en su país, comenzaron a inquietarse seriamente y, a pesar de su desgana por mostrar esto a los atenienses, empezaron a enviar emisarios a Atenas e intentaron recuperar Pilos y los prisioneros.
Los atenienses, sin embargo, seguían queriendo abarcar más y despidieron a un enviado tras otro sin que hubieran logrado nada.
Tal fue la historia del asunto de Pilos.