encontraban menos terrible, pues el resultado no había justificado los temores que habían padecido cuando desembarcaron por primera vez con abatimiento servil ante la idea de atacar a los lacedemonios; y en consecuencia, su miedo transformado en desdén, se abalanzaron todos juntos con fuertes gritos sobre ellos y los atacaron con piedras, dardos y flechas, lo que primero tuviera a mano. Los gritos que acompañaban su embestida desconcertaron a los lacedemonios, desacostumbrados a este modo de pelear; el polvo se levantaba de la madera recién quemada, y era imposible ver hacia adelante con las flechas y las piedras volando a través de nubes de polvo de manos de numerosos asaltantes. Los lacedemonios tuvieron que sostener entonces un duro combate; sus gorros no detenían las flechas, los dardos se habían partido en la armadura de los heridos, mientras ellos mismos se hallaban indefensos para atacar, al no poder usar sus ojos para ver lo que tenían delante y ser incapaces de oír las voces de mando por el estrémito levantado por el enemigo; el peligro los rodeaba por todas partes y no había esperanza de ningún medio de defensa o salvación.
Al fin, después de que muchos ya hubieran resultado