una parte del talud se ha desprendido y algunas de las tumbas han quedado destruidas. En un sitio, parte de la mampostería de las tumbas se proyecta sobre el sendero de arena muy abajo. Hay paseos con bancos a los lados a través del cementerio, y la gente va y se sienta allí todo el día a contemplar la hermosa vista y a disfrutar de la brisa. Yo misma vendré a sentarme aquí muy a menudo a trabajar. De hecho, estoy escribiendo ahora, con el libro en las rodillas, mientras escucho la charla de tres ancianos que están sentados a mi lado. Parecen no hacer otra cosa en todo el día que sentarse aquí arriba a hablar. El puerto se extiende bajo mí y, al otro lado, un largo muro de granito se adentra en el mar, curvándose hacia fuera en su extremo, en cuyo centro hay un faro. Un pesado rompeolas corre a lo largo por el exterior. En este lado, el rompeolas hace un codo torcido a la inversa, y su extremo también tiene un faro. Entre los dos espigones hay una abertura estrecha hacia el puerto, que luego se ensancha repentinamente. Es agradable con la marea alta; pero cuando baja la marea se reduce a nada, y solo queda la corriente del Esk que corre entre bancos de arena, con rocas aquí y allá. Fuera del puerto, por este lado, se alza durante una media milla un gran arrecife, cuyo borde afilado se extiende en línea recta desde detrás del faro sur. Al final hay una boya con una campana que se balancea con el mal tiempo y emite un sonido lúgubre llevado por el viento. Aquí tienen la leyenda de que, cuando se pierde un barco, se oyen campanas mar adentro. Debo preguntarle al anciano sobre esto; viene hacia aquí. … Es un viejecillo divertido. Debe de ser enormemente viejo, pues tiene la cara toda nudosa y retorcida como la corteza de un árbol. Me cuenta que tiene casi cien años y que era marinero en la flota pesquera
Table of Contents
VI. Diario de Mina Murray
100