mismo tiene mal color. Le hace falta una esposa que le cuide y le mime un poco; ¡eso sí que le hace falta! Al hablar, Lucy se puso carmesí, aunque solo fue por un momento, pues sus pobres venas marchitas no podían soportar por mucho tiempo un flujo tan desacostumbrado hacia la cabeza. La reacción llegó en una palidez excesiva mientras me dirigía unos ojos suplicantes. Sonreí, asentí y me puse el dedo en los labios; con un suspiro, se hundió de nuevo entre sus almohadas. Van Helsing regresó al par de horas y al poco me dijo: —Ahora váyase a casa, coma mucho y beba lo suficiente. Hágase fuerte. Yo me quedo aquí esta noche y me desvelaré con la pequeña miss yo mismo. Usted y yo debemos vigilar el caso, y no debemos permitir que nadie más lo sepa. Tengo razones graves. No, no las pregunte; piense lo que quiera. No tema pensar incluso lo más improbable. Buenas noches. En el vestíbulo, dos de las sirvientas se me acercaron y me preguntaron si ellas, o alguna de las dos, no podían acompañar en vela a la señorita Lucy. Me suplicaron que las dejase; y cuando les dije que era deseo del Dr. Van Helsing que él o yo la veláramos, me pidieron con bastante lástima que intercediera ante el «caballero extranjero». Su amabilidad me conmovió mucho. Quizás sea porque ahora estoy débil, y quizás porque fue por causa de Lucy, que su devoción se manifestó; pues una y otra vez he sido testigo de muestras similares de bondad por parte de las mujeres. Volví aquí a tiempo para una cena tardía; hice mi ronda —todo iba bien— y puse esto por escrito mientras esperaba a que llegara el sueño. Ya se acerca. 11 de septiembre. —Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a Van Helsing de excelente humor y a Lucy mucho mejor. Poco después de mi llegada, llegó un gran paquete del
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6 de septiembre
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