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El diario de Lucy Westenra

gorgoteo extraño y horrible en su garganta; luego se desplomó —como si la hubiera alcanzado un rayo—, y su cabeza golpeó mi frente, mareándome por uno o dos momentos. La habitación y todo a su alrededor pareció dar vueltas. Mantuve los ojos fijos en la ventana, pero el lobo retiró la cabeza y una miríada de pequeñas motas pareció entrar flotando por la ventana rota, arremolinándose y girando como la columna de polvo que describen los viajeros cuando hay un simún en el desierto. Intenté moverme, pero había algún sortilegio sobre mí, y el pobre cuerpo de la querida mamá —que ya parecía enfriarse, pues su querido corazón había dejado de latir— me abrumaba con su peso; y no recuerdo nada más durante un rato. > > El tiempo no pareció largo, sino muy, muy espantoso, hasta que recuperé el conocimiento. Cerca de allí, doblaba a muerto una campana de difuntos; los perros de todo el vecindario aullaban; y en nuestro arbustedo, al parecer justo afuera, cantaba un ruiseñor. Estaba aturdida y obnubilada por el dolor, el terror y la debilidad, pero el sonido del ruiseñor parecía la voz de mi difunta madre que había vuelto para consolarme. Los ruidos también parecieron despertar a las criadas, pues podía oír sus pies descalzos correteando fuera de mi puerta. Las llamé, entraron y, al ver lo que había sucedido y qué era aquello que yacía sobre mí en la cama, dieron un grito. El viento entró racheado por la ventana rota y la puerta se cerró de un portazo. Apartaron el cuerpo de mi querida madre y la recostaron en la cama, cubierta con una sábana, después de que yo me levantara. Estaban tan asustadas y nerviosas que les mandé que fueran al comedor y se tomaran una copa de vino cada una. La puerta se abrió de golpe por

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