—el de los lobos—, que afectó a los caballos y a mí de la misma manera, pues a mí me daban ganas de saltar del carruaje y huir, mientras que ellos volvían a encabritarse y a corcovear con furia, de modo que el cochero tuvo que emplear toda su gran fuerza para evitar que se desbocaran. A los pocos minutos, sin embargo, mis propios oídos se acostumbraron al sonido y los caballos se calmaron lo suficiente como para que el cochero pudiera descender y pararse frente a ellos. Los acarició, los calmó y les susurró algo a los oídos, tal como he oído hacer a los domadores de caballos, y con un efecto extraordinario, pues bajo sus caricias volvieron a ser perfectamente manejables, aunque seguían temblando. El cochero volvió a ocupar su asiento y, sacudiendo las riendas, partió a gran velocidad. Esta vez, tras ir al extremo más alejado del desfiladero, torció de repente por un camino estrecho que descendía bruscamente hacia la derecha. > > Pronto nos vimos cercados por árboles, que en algunos tramos formaban bóveda sobre el camino hasta el punto de pasar como por un túnel; y de nuevo grandes y adustos peñascos nos custodiaban audaces a ambos lados. Aunque estábamos a resguardo, podíamos oír el viento creciente, pues gemía y silbaba entre las rocas, y las ramas de los árboles chocaban estrepitosamente mientras avanzábamos a toda velocidad. Hacía cada vez más y más frío, y comenzó a caer una nieve fina y pulverulienta, de modo que pronto nosotros y cuanto nos rodeaba quedamos cubiertos por un manto blanco. El viento gélido seguía trayendo el aullido de los perros, aunque este se iba desvaneciendo a medida que avanzábamos. El ladrido de los lobos sonaba cada vez más cerca, como si nos estuvieran cercando
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I. Diario de Jonathan Harker
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