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XVIII. Diario del Dr. Seward

desdeñamos una creencia que veíamos justificada ante nuestros propios ojos. Tomad, pues, en cuenta que el vampiro, así como la creencia en sus limitaciones y su cura, se basan por el momento en el mismo cimiento. Pues, permitidme deciros, se le conoce allá donde ha habido hombres. En la antigua Grecia, en la antigua Roma; florece por toda Alemania, en Francia, en la India, incluso en el Quersonesio; y en China, tan alejada de nosotros en todos los sentidos, hasta allí se encuentra, y los pueblos le temen a día de fumar. Ha seguido la estela del islandés berserker, del huno engendrado por el diablo, del eslavo, del sajón, del magiar. Hasta aquí, por tanto, tenemos todo aquello sobre lo que podemos actuar; y creedme que gran parte de esas creencias se ven justificadas por lo que hemos presenciado en nuestra propia y tan desdichada experiencia. El vampiro vive y no puede morir por el mero transcurso del tiempo; puede prosperar cuando es capaz de cebarse en la sangre de los vivos. Aún más, hemos visto entre nosotros que puede incluso rejuvenecer; que sus facultades vitales se vigorizan y parecen como si se renovaran cuando su alimento predilecto abunda. Pero no puede prosperar sin esta dieta; no come como los demás. Incluso el amigo Jonathan, que vivió con él durante semanas, nunca lo vio comer, ¡jamás! No proyecta sombra; no hace reflejo alguno en el espejo, como de nuevo observó Jonathan. Posee la fuerza de muchos en sus manos⁠—testigo de nuevo Jonathan cuando cerró la puerta contra los lobos y cuando lo ayudó a bajar de la diligencia. Puede transformarse en lobo, como deducimos de la llegada del barco a Whitby, cuando destrozó al perro; puede ser como un murciélago, tal como la señora Mina lo vio en la ventana en Whitby, y como el amigo John lo vio volar de

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