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VIII. Diario de Mina Murray

Arthur —lo llamo Arthur por costumbre de ella— dice que ama; y la verdad es que no me extraña que lo haga. Luego continuó en un tono como de ensoñación, como si intentara recordarlo:⁠— «No llegué a soñar del todo; pero me parecía que todo era real. Solo quería estar aquí, en este lugar... no sé por qué, ya que tenía miedo de algo... no sé de qué. Sin embargo, recuerdo, aunque supongo que estaba dormida, haber cruzado las calles y el puente. Un pez saltó al pasar yo, y me asomé para mirarlo, y oí a un montón de perros aullando —toda la ciudad parecía estar llena de perros aullando al mismo tiempo— cuando subía los escalones. Luego tuve un recuerdo vago de algo largo y oscuro con ojos rojos, tal como lo vimos en la puesta de sol, y algo muy dulce y muy amargo rodeándome al mismo tiempo; y entonces me pareció estar hundiéndome en aguas profundas y verdes, y había un zumbido en mis oídos, como he oído que les pasa a los que se ahogan; y entonces todo pareció desvanecerse; mi alma pareció salir de mi cuerpo y flotar en el aire. Me parece recordar que una vez el faro del oeste estaba justo debajo de mí, y luego hubo una especie de sensación angustiosa, como si estuviera en un terremoto, y regresé y te encontré sacudiendo mi cuerpo. Te vi hacerlo antes de sentirlo». Entonces comenzó a reír. Me pareció un poco inquietante, y la escuché sin aliento. No me gustó del todo y pensé que era mejor no mantener su mente en el tema, así que pasamos a otros asuntos, y Lucy volvió a ser la de antes. Cuando llegamos a casa, la brisa fresca la había reanimado, y sus pálidas mejillas estaban en verdad más rosadas. Su madre se alegró mucho al verla, y las dos pasamos una tarde muy feliz juntas. 19 de agosto. ⁠—¡Alegría, alegría, alegría! Aunque no del todo alegría. Por fin, noticias

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