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XII. Diario del Dr. Seward

Al verla, Arthur se ahogaba de emoción, y ninguno de nosotros pudo hablar. En las horas transcurridas, los ataques de sueño, o la condición comatosa que pasaba por tal, se habían vuelto más frecuentes, de modo que las pausas en las que era posible conversar se habían acortado. La presencia de Arthur, sin embargo, pareció actuar como un estimulante; se animó un poco y le habló con más alegría de lo que lo había hecho desde que llegamos. Él también se repuso y habló con todo el optimismo que pudo, de modo que se sacó el mejor partido de todo. Ya es casi la una, y él y Van Helsing están sentados con ella. Yo debo relevarlos en un cuarto de hora, y estoy anotando esto en el fonógrafo de Lucy. Hasta las seis intentarán descansar. Me temo que mañana pondrá fin a nuestras vigilias, pues la conmoción ha sido demasiado grande; la pobre niña no puede recuperarse. Dios nos ayude a

“ 17 de septiembre. > > “Mi querida Lucy: > > “Me parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que supe de ti, o en realidad desde que te escribí. Sé que me perdonarás todos mis defectos cuando leas todo mi paquete de noticias. Bueno, recuperé a mi esposo san y salvo; cuando llegamos a Exeter había un carruaje esperándonos, y en él, aunque sufría un ataque de gota, el señor Hawkins. Nos llevó a su casa, donde había habitaciones para todos nosotros, agradables y cómodas, y cenamos juntos. Después de cenar, el señor Hawkins dijo:⁠— > > “ «Queridos míos, quiero brindar por vuestra salud y vuestra prosperidad;

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