1 de agosto.—Dos días de niebla y ni una sola vela a la vista. Tenía la esperanza de que, al estar en el canal de la Mancha, pudiera pedir ayuda por señales o entrar en algún puerto. Como no tengo fuerza para maniobrar las velas, tengo que ir a la deriva del viento. No me atrevo a arriarlas, pues no podría izarlas de nuevo. Parece que nos dirigimos hacia un destino terrible. El segundo oficial está ahora más desmoralizado que cualquiera de los hombres. Su naturaleza, más fuerte, parece haberse vuelto contra él mismo. Los hombres ya han dejado atrás el miedo; trabajan con docencia y paciencia, con la mente resignada a lo peor. Ellos son rusos; él, rumano.
2 de agosto, medianoche.—Me desperté tras unos minutos de sueño al oír un grito, al parecer fuera de mi portillo. No se veía nada en la niebla. Subí corriendo a cubierta y choqué contra el segundo. Me dice que oyó el grito y salió corriendo, pero no hay rastro del hombre de guardia. Uno más que se va. ¡Señor, súcurrenos! El segundo dice que debemos de haber pasado el estrecho de Dover, pues en un momento en que se levantó la niebla vio North Foreland, justo cuando oyó gritar al hombre. Si es así, ahora estamos en el mar del Norte, y solo Dios puede guiarnos en la niebla, que parece moverse con nosotros; y Dios parece habernos abandonado.
3 de agosto.—A medianoche fui a relevar al timonel, y al llegar no encontré a nadie. El viento era constante y, como íbamos en su favor, no había guiñada. No me atreví a dejar el timón, así que llamé a gritos al primer oficial. Al cabo de unos segundos subió corriendo a cubierta en ropa interior de franela. Tenía una mirada alucinada y demacrada, y mucho temo que haya perdido la razón. Se acercó a mí y me susurró con voz ronca, pegando la boca a mi oreja, como si temiera que hasta el aire