de las chicas, o se les subirán a la cabeza toda clase de ideas extravagantes y se imaginarán ofendidas y menospreciadas si en su primer día en casa no consiguen al menos seis. ¡Algunas chicas son tan vanas! Tú y yo, querida Mina, que estamos comprometidas y pronto nos asentaremos sensatamente como viejas casadas, podemos despreciar la vanidad. Bien, debo contarte lo de los tres, pero debes guardarlo en secreto, querida, de todo el mundo, excepto, por supuesto, de Jonathan. Se lo dirás, porque yo, si estuviera en tu lugar, sin duda se lo diría a Arthur. Una mujer debe contarle todo a su esposo —¿no crees, querida?— y debo ser justa. A los hombres les gusta que las mujeres, desde luego sus esposas, sean tan justas como ellos; y las mujeres, mucho me temo, no siempre son tan justas como debieran. Bueno, querida mía, el número Uno llegó justo antes del almuerzo. Te hablé de él, el Dr. John Seward, el hombre del manicomio, de mandíbula firme y buena frente. Iba muy fresco en apariencia, pero estaba nervioso de todos modos. Evidentemente se había estado preparando para toda clase de pequeños detalles, y los recordaba; pero por poco se sienta sobre su sombrero de copa, cosa que los hombres no suelen hacer cuando están tranquilos, y luego, cuando quería parecer relajado, no paraba de juguetear con una lanceta de un modo que casi me hizo gritar. Me habló, Mina, muy francamente. Me dijo cuán querida le era, a pesar de haberlo conocido tan poco, y cómo sería su vida teniéndome a mí para ayudarle y animarle. Iba a decirme lo infeliz que sería si no le correspondía, pero al verme llorar dijo que era un bruto y que no iba a añadir más pesares a mi situación actual. Luego se detuvo y me preguntó si podría llegar a amarle con el tiempo; y cuando negué con la
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V. 9 de mayo
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