y sacaba los instrumentos para la transfusión; yo me había quitado la chaqueta y me había arremangado la camisa. No había posibilidad de un opiáceo en ese momento, ni hacía falta ninguno; y así, sin un segundo de demora, comenzamos la operación. Al cabo de un rato —tampoco pareció un rato corto, pues el drenaje de la sangre de uno, por muy de buena gana que se dé, es una sensación terrible—, Van Helsing levantó un dedo en señal de advertencia. —No se mueva —dijo—, pero temo que con la fuerza que va recuperando pueda despertarse; y eso supondría un peligro, oh, muchísimo peligro. Pero tomaré precauciones. Le pondré una inyección subcutánea de morfina. Procedió entonces, con rapidez y destreza, a llevar a cabo su propósito. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció fundirse sutilmente en el sueño narcótico. Fue con un sentimiento de orgullo personal que pude ver cómo un leve tinte de color volvía furtivo a las pálidas mejillas y labios. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir que su propia sangre vital es extraída hacia las venas de la mujer que ama. El Profesor me observó con espíritu crítico. —Con eso basta —dijo. —¡Ya? —protesté. —A Art le quitó mucho más. A lo que respondió con una sonrisa medio triste:— —Él es su amante, su prometido. Usted tiene trabajo, mucho trabajo, que hacer por ella y por otros; y el presente bastará. Cuando detuvimos la operación, él atendió a Lucy, mientras yo aplicaba presión digital en mi propia incisión. Me tumbé mientras esperaba a que se desocupara para atenderme, pues me sentía mareado y un poco revuelto. Al poco tiempo me vendó la herida y me mandó abajo a buscarme una copa de vino. Al salir de la habitación, vino tras de mí y me dijo medio en susurros:— —Atención, no se debe decir nada de esto.
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6 de septiembre
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