regresado. No vino de inmediato a la biblioteca, así que fui con cautela a mi propia habitación y lo encontré haciendo la cama. Esto era extraño, pero no hacía más que confirmar lo que había pensado todo el tiempo: que no había sirvientes en la casa. Cuando más tarde lo vi a través de la rendija de las bisagras de la puerta poniendo la mesa en el comedor, tuve la certeza de ello; pues si él mismo hace todas estas tareas domésticas, sin duda es prueba de que no hay nadie más para hacerlas. Esto me dio un susto, pues si no hay nadie más en el castillo, debió ser el propio Conde quien conducía el coche que me trajo aquí. Este es un pensamiento terrible; porque de ser así, ¿qué significa que pudiera controlar a los lobos, como lo hizo, con solo levantar la mano en silencio? ¿Cómo era posible que toda la gente en Bistritz y en el carruaje sintieran un miedo terrible por mí? ¿Qué significaba la entrega del crucifijo, del ajo, de la rosa silvestre, del serbal? ¡Bendita sea esa buena y bondadosa mujer que me colgó el crucifijo al cuello!, porque es un consuelo y una fuerza para mí cada vez que lo toco. Es curioso que algo que me han enseñado a mirar con desaprobación y como idolátrico sea de ayuda en un momento de soledad y tribulación. ¿Será que hay algo en la esencia de la cosa misma, o que es un medio, una ayuda tangible, para transmitir recuerdos de simpatía y consuelo? Algún día, si es posible, debo examinar este asunto y tratar de formarme una opinión al respecto. Mientras tanto, debo averiguar todo lo que pueda sobre el Conde Drácula, ya que puede ayudarme a comprender. Esta noche puede que hable de sí mismo, si encamino la conversación en esa dirección. Debo tener mucho cuidado, sin embargo, de no despertar sus
Medianoche. —He tenido una larga conversación con el Conde. Le hice algunas preguntas sobre la historia