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VI. Diario de Mina Murray

de Groenlandia cuando se libró la batalla de Waterloo. Me temo que es una persona muy escéptica, pues cuando le pregunté por las campanas en el mar y la Dama Blanca de la abadía, respondió con mucha brusquedad:⁠— «Yo no me quebraría la cabeza con esas cosas, señorita. Esas pamplinas ya están pasadas de moda. Ojo, no digo que nunca las hubiera, pero sí digo que no las hubo en mi tiempo. Bien están para los forasteros, los excursionistas y similares, pero no para una señorita tan fina como usted. Esos pueblerinos de York y Leeds que siempre andan comiendo arenques ahumados, tomando té y buscando comprar azabache barato se tragarían cualquier cosa. Me pregunto quién se molestaría en contarles mentiras, ni siquiera a los periódicos, que están llenos de habladurías de tontos». Pensé que sería una buena persona de la que aprender cosas interesantes, así que le pregunté si le importaría contarme algo sobre la pesca de ballenas en los viejos tiempos. Estaba acomodándose para empezar cuando el reloj dio las seis, momento en el cual se afanó por levantarse y dijo:⁠— «Tengo que emprender el camino de vuelta a casa, señorita. A mi nieta no le gusta que la hagan esperar cuando la hora del té está lista, porque me lleva un rato trepar por las escaleras, ya que son muchas; y, señorita, el cuerpo me pide a gritos algo de alimento a estas horas». Se marchó cojeando, y pude verle apresurarse, tan bien como podía, bajando los escalones. Los escalones son un elemento muy característico del lugar. Van desde la ciudad hasta la iglesia; son cientos —no sé cuántos— y serpentean en una curva delicada; la pendiente es tan suave que un caballo podría subir y bajar por ellos sin dificultad. Supongo que originalmente debieron de tener algo que ver con la abadía. Yo también me iré a casa. Lucy salió a

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