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XIX. Diario de Jonathan Harker

de quedarme dormida, pues, aparte de los sueños, no recuerdo nada hasta la mañana, cuando Jonathan me despertó. Creo que me costó un esfuerzo y un poco de tiempo darme cuenta de dónde estaba y de que era Jonathan quien se inclinaba sobre mí. Mi sueño fue muy peculiar, y casi representativo de la forma en que los pensamientos de la vigilia se funden en los sueños, o continúan en ellos. Creía que estaba dormida y esperando a que Jonathan volviera. Estaba muy preocupada por él, y me sentía incapaz de actuar; mis pies, mis manos y mi cerebro estaban pesados, de modo que nada podía avanzar al ritmo habitual. Y así dormí intranquila y reflexioné. Entonces empezó a amanecer en mí la sensación de que el aire era pesado, húmedo y frío. Retiré las mantas de mi cara y descubrí, para mi sorpresa, que todo estaba oscuro a mi alrededor. La luz del gas que había dejado encendida para Jonathan, pero bajada, llegaba tan solo como una diminuta chispa roja a través de la niebla, que evidentemente se había vuelto más espesa y se había metido a raudales en la habitación. Entonces se me ocurrió que había cerrado la ventana antes de irme a la cama. Me habría levantado para asegurarme de ese detalle, pero una modorra de plomo parecía encadenar mis extremidades e incluso mi voluntad. Me quedé quieta y aguanté; eso fue todo. Cerré los ojos, pero aún podía ver a través de mis párpados. (Es maravilloso las tretas que nos gastan los sueños y lo bien que podemos imaginar). La bruma se hizo cada vez más espesa y ahora podía ver cómo entraba, pues la veía como humo⁠—o con la energía blanca del agua hirviendo⁠—, penetrando no por la ventana, sino por las rendijas de la puerta. Se espesó tanto que parecía concentrarse en una especie de columna de nube dentro

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