Al despedirnos, dijo:— «Quizá venga a la ciudad si se lo mando a decir, y traiga también a la señora Mina». «Iremos ambos cuando usted quiera», dije. Le había conseguido los periódicos de la mañana y los de Londres de la noche anterior, y mientras hablábamos junto a la ventanilla del coche, esperando a que partiera el tren, él los iba hojeando. Sus ojos parecieron posarse de repente en algo dentro de uno de ellos, The Westminster Gazette —lo reconocí por el color—, y se puso completamente pálido. Leyó algo con intensidad, gimiendo para sus adentros: «Mein Gott! Mein Gott! ¡Tan pronto! ¡Tan pronto!». No creo que se acordara de mí en ese momento. Justo entonces sonó el silbato y el tren se puso en marcha. Eso le hizo volver en sí, y se asomó por la ventanilla agitando la mano y gritando: «Saludos a la señora Mina; le escribiré tan pronto como me sea posible».
Diario del Dr. Seward. 26 de septiembre. —Ciertamente no existe tal cosa como la finalidad. No hace ni una semana que dije «Finis», y sin embargo aquí estoy empezando de nuevo, o más bien continuando con el mismo registro. Hasta esta tarde no tuve motivos para pensar en lo ya hecho. Renfield se había vuelto, a todos los efectos, tan cuerdo como lo había sido nunca. Ya iba muy adelantado con su negocio de moscas; y acababa de incursionar también en el rubro de las afinodes; así que no me había causado ningún problema. Recibí una carta de Arthur, escrita el domingo, y por ella deduzco que lo está soportando maravillosamente bien. Quincey Morris está con él, y eso es de gran ayuda, pues él mismo es un manantial burbujeante de buen humor. Quincey también me escribió unas líneas, y por él me entero de que Arthur está empezando a recuperar algo de su antigua