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I. Diario de Jonathan Harker

sobre sus cuatro caballos pequeños, que corrían en fila horizontal, y emprendimos nuestro viaje. > > Pronto perdí de vista y de memoria los temores fantasmales ante la belleza del paisaje mientras avanzábamos, aunque de haber sabido el idioma, o más bien los idiomas, que hablaban mis compañeros de viaje, quizá no me habría deshecho de ellos con tanta facilidad. Ante nosotros se extendía una tierra verde y pendiente, llena de bosques y arboledas, con colinas empinadas aquí y allá, coronadas por grupos de árboles o por caseríos con el hastial ciego hacia el camino. Había por todas partes una masa desconcertante de flores frutales —manzano, ciruelo, peral, cerezo—; y al pasar podía ver la hierba verde bajo los árboles salpicada de pétalos caídos. Por entre estas colinas verdes de lo que aquí llaman el «Mittel Land» discurría el camino, perdiéndose al girar por la curva cubierta de hierba o quedando oculto por los extremos dispersos de los pinares, que aquí y allá descendían por las laderas como lenguas de fuego. El camino era escabroso, pero aun así parecía que volábamos sobre él con una prisa febril. No podía comprender entonces qué significaba tanta prisa, pero el cochero estaba evidentemente empeñado en no perder tiempo para llegar a Borgo Prund. Me dijeron que este camino es excelente en verano, pero que aún no lo habían arreglado tras las nieves invernales. En este aspecto difiere del común de los caminos de los Cárpatos, pues existe la antigua tradición de que no deben mantenerse en demasiado buen estado. Antaño los hospodares no los reparaban, no fuera que el turco pensara que se preparaban para traer tropas extranjeras y así acelerar la guerra que siempre

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