mandando también con uno de ellos la carta de porte y todos los papeles relacionados con la entrega de las cajas en Carfax. Aquí de nuevo encontré que el recuento coincidía exactamente; los transportistas pudieron complementar la escasez de palabras escritas con unos pocos detalles. Estos, según descubrí brevemente, estaban relacionados casi exclusivamente con la naturaleza polvorienta del trabajo y con la consiguiente sed engendrada en los operarios. Al brindarles la oportunidad, mediante el uso de la moneda del reino, de calmar, en un momento posterior, este benéfico mal, uno de los hombres comentó:— «Esa casa, jefe, es la más extraña en la que he estado en mi vida. ¡Válgame Dios!, pero si no la han tocado desde hace cien años. Había una capa de polvo tan gruesa en el lugar que uno podría haber dormido en él sin lastimarse los huesos; y el sitio estaba tan descuidado que se le podría haber olido la vieja Jerusalén. ¡Pero la vieja capilla..., esa se llevó la palma, desde luego! Mi compañero y yo pensamos que no saldríamos de allí lo bastante rápido. ¡Vaya!, no aceptaría menos de una libra por minuto para quedarme allí después de anochecer». Habiendo estado en la casa, podía creerle muy bien; pero si él supiera lo que yo sé, creo que habría elevado sus tarifas. De una cosa estoy convencido ahora: de que todas las cajas que llegaron a Whitby desde Varna en el Demeter fueron depositadas sanas y salvo en la antigua capilla de Carfax. Debe de haber cincuenta allí, a menos que algunas hayan sido retiradas desde entonces, como me temo por el diario del doctor Seward. Intentaré ver al cartero que se llevó las cajas de Carfax cuando Renfield las atacó. Siguiendo esta pista podemos averiguar muchas cosas. Más tarde. —Mina y yo hemos trabajado todo el día, y hemos puesto todos los papeles en orden.
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XVII. Diario del Dr. Seward
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