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I. Diario de Jonathan Harker

sencilla buena fe, con una palabra amable, una bendición y esa extraña mezcla de ademanes protectores que había visto fuera del hotel en Bistritz: la señal de la cruz y el resguardo contra el mal de ojo. Luego, mientras volábamos, el cochero se inclinó hacia adelante y, a ambos lados, los pasajeros, estirándose sobre el borde del coche, escudriñaban ansiosos la oscuridad. Era evidente que algo muy emocionante estaba ocurriendo o se esperaba, pero aunque pregunté a cada pasajero, nadie quiso darme la más mínima explicación. Este estado de excitación continuó un buen rato; y por fin vimos ante nosotros el desfiladero abrirse por el lado oriental. Había nubes oscuras y revueltas en lo alto, y en el aire, la sensación pesada y opresiva de tormenta. Parecía como si la cordillera hubiera separado dos atmósferas y ahora hubiéramos entrado en la tormentosa. Yo mismo estaba ya buscando el carruaje que había de llevarme junto al conde. A cada momento esperaba ver el destello de los faroles a través de la negrura; pero todo estaba oscuro. La única luz eran los rayos parpadeantes de nuestros propios faroles, en los que el vapor de nuestros caballos forzados se elevaba en una nube blanca. Podíamos ver ahora el camino arenoso que se extendía blanco ante nosotros, pero no había en él rastro alguno de vehículo. Los pasajeros se retiraron con un suspiro de alivio que parecía burlarse de mi propio desengaño. Ya estaba pensando en qué sería lo mejor que podía hacer, cuando el cochero, mirando su reloj, dijo a los demás algo que apenas pude oír, pronunciado tan discretamente y en tono tan bajo; creí que era: «Una hora menos del tiempo previsto». Luego, volviéndose hacia mí, dijo en un alemán peor que el mío: > > —Aquí no hay carruaje. El Herr no

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