— «Ah, hijo mío, seré claro. ¿No ves cómo, últimamente, este monstruo ha ido adentrándose en el conocimiento de forma experimental? Cómo se ha valido del paciente zoófago para lograr su entrada en el hogar del amigo John; pues tu vampiro, aunque después pueda venir cuando y como quiera, al principio solo debe entrar cuando se lo pide un morador. Pero estos no son sus experimentos más importantes. ¿Acaso no vemos cómo al principio todas estas cajas tan grandes eran trasladadas por otros? Él no sabía entonces que eso no tenía por qué ser así. Pero durante todo ese tiempo su gran cerebro de niño fue creciendo, y empezó a considerar si no podría ser él mismo quien moviera la caja. Así que comenzó a ayudar; y entonces, cuando descubrió que todo iba bien, intentó moverlas todas él solo. Y así progresa, y va dispersando estas tumbas suyas; y nadie más que él sabe dónde están ocultas. Puede que haya tenido la intención de enterrarlas profundamente en la tierra. Con tal de que solo las use de noche, o en el momento en que pueda cambiar de forma, le sirven igual; ¡y nadie podrá saber cuáles son sus escondites! Pero, hijo mío, no desesperes; ¡este conocimiento le llega justo demasiado tarde! Ya todas sus guaridas, excepto una, han sido esterilizadas en lo que a él respecta; y antes de la puesta del sol esto mismo sucederá con la última. Entonces no tendrá ningún lugar donde moverse y esconderse. Me demoré esta mañana para asegurarnos. ¿Acaso no hay más en juego para nosotros que para él? Entonces, ¿por qué no íbamos a ser aún más cuidadosos que él? Según mi reloj, ya ha pasado una hora y, si todo va bien, el amigo Arthur y Quincey van de camino hacia nosotros. Hoy es nuestro día, y debemos ir sobre seguro, aunque vayamos despacio, y no
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XXIII. Diario del Dr. Seward
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