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6 de septiembre

y conjeturas. Más adelante te puede resultar interesante ver cuán acertadas fueron tus adivinanzas. ¡Aprendemos del fracaso, no del

Cuando describí los síntomas de Lucy —los mismos que antes, pero infinitamente más marcados—, puso cara muy seria, pero no dijo nada. Llevaba consigo un maletín en el que había muchos instrumentos y medicamentos, «la macabra parafernalia de nuestro benéfico oficio», como llamó una vez, en una de sus conferencias, al equipo de un profesor del arte de curar.

Cuando nos hicieron pasar, la señora Westenra salió a nuestro encuentro. Estaba alarmada, pero ni con mucho tanto como esperaba encontrarla. La Naturaleza, en uno de sus arranques benévolos, ha dispuesto que hasta la muerte posea algún antídoto contra sus propios terrores. Aquí, en un caso en el que cualquier conmoción puede resultar fatal, las cosas están dispuestas de tal modo que, por una u otra causa, los acontecimientos ajenos a su persona —incluso el terrible cambio sufrido por su hija, a quien tanto quiere— parece que no la alcanzan. Es algo parecido a la forma en que la Madre Naturaleza envuelve un cuerpo extraño con una capa de tejido insensible que puede proteger del mal aquello que de otro modo dañaría por contacto. Si esto es un egoísmo ordenado, deberíamos pensárnoslo antes de condenar a nadie por el vicio del egoísmo, pues sus causas pueden tener una raíz más profunda de lo que sabemos. Me valí de mis conocimientos sobre esta fase de la patología espiritual y establecí la norma de que ella no debía estar con Lucy ni pensar en su enfermedad más de lo estrictamente necesario. Asintió de buena gana, tan de buena gana que volví a ver la mano de la Naturaleza luchando por la vida.

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