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IX. Carta de Mina Harker a Lucy Westenra

que lo siguieran. De nuevo se adentró en los terrenos de la casa abandonada, y lo encontramos en el mismo lugar, apretado contra la puerta de la vieja capilla. Al verme se puso furioso, y de no haberlo capturado los celadores a tiempo, habría intentado matarme. Mientras lo sujetábamos, ocurrió algo extraño. De pronto redobló sus esfuerzos y al instante se calmó. Miré a mi alrededor por instinto, pero no pude ver nada. Entonces atrapé la mirada del paciente y la seguí, pero no pude distinguir nada al mirar hacia el cielo iluminado por la luna, salvo un gran murciélago que avanzaba batiendo sus alas de forma silenciosa y fantasmal hacia el oeste. Los murciélagos suelen dar vueltas y revolotear, pero este parecía ir en línea recta, como si supiera a dónde se dirigía o tuviera algún propósito propio. El paciente se calmaba por momentos y al poco dijo:⁠— «¡No hace falta que me ates; iré tranquilamente!». Regresamos a la casa sin problemas. Siento que hay algo ominoso en su calma, y no olvidaré esta noche.⁠

Diario de Lucy Westenra.

Hillingham, 24 de agosto. ⁠—Debo imitar a Mina y seguir escribiendo las cosas. Así podremos hablar largo y tendido cuando nos reunamos. Me pregunto cuándo será. Ojalá estuviera conmigo de nuevo, pues me siento muy desgraciada. Anoche me pareció estar soñando otra vez tal como me pasó en Whitby. Quizás sea el cambio de aire, o el haber vuelto a casa. Todo está oscuro y es horrible para mí, ya que no puedo recordar nada; pero estoy llena de un miedo vago, y me siento muy débil y agotada. Cuando Arthur vino a almorzar, se le veía bastante afligido al verme, y no tuve ánimos para intentar mostrarme alegre. Me pregunto si podría dormir esta noche en el cuarto de mamá. Pondré una excusa y lo intentaré.

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