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III. Diario de Jonathan Harker

selló con esmero y, volviéndose hacia mí, dijo:⁠— > > —Confío en que me perdonará, pero tengo mucho trabajo que hacer en privado esta noche. Espero que encuentre todo a su gusto. —En la puerta se detuvo y, tras una breve pausa, añadió:⁠— > > —Permítanme aconsejarle, mi querido joven amigo⁠ —es más, permítame advertirle con toda solemnidad—, que si sale de estas habitaciones no se le ocurra bajo ningún concepto ir a dormir a ninguna otra parte del castillo. Es antiguo y atesora muchos recuerdos, y hay malos sueños para aquellos que duermen imprudentemente. ¡Esté advertido! Si el sueño le vence ahora o en el futuro, o está a punto de hacerlo, apresúrese a llegar a su propia cámara o a estas estancias, pues entonces su descanso estará a salvo. Pero si no tiene cuidado a este respecto, entonces… —Terminó su discurso de un modo espeluznante, pues hizo un ademán con las manos como si se las estuviera lavando. Lo comprendí a la perfección; mi única duda era si algún sueño podría ser más terrible que la red antinatural y horrible de lobreguez y misterio que parecía cerrarse en torno a mí. > > Más tarde. ⁠—Ratifico las últimas palabras escritas, pero esta vez no cabe la menor duda. No temeré dormir en ningún lugar donde él no esté. He colocado el crucifijo sobre el cabecero de mi cama⁠ —imagino que así mi descanso está más libre de sueños—, y allí se quedará. > > Cuando se marchó, fui a mi habitación. Al cabo de un rato, al no oír ningún sonido, salí y subí por la escalera de piedra hasta un punto desde el que podía mirar hacia el

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