de nuestros conocimientos sobre ese terrible Ser, y dije con audacia:— Entonces, Dr. Seward, será mejor que me deje pasarlo a máquina para usted. Adquirió una palidez verdaderamente cadavérica al decir:— ¡No! ¡No! ¡No! ¡Por nada del mundo dejaría que usted conociera esa terrible historia! ¡Así que era terrible; mi intuición era acertada! Durante un momento reflexioné y, mientras mis ojos recorrían la habitación buscando inconscientemente algo o alguna oportunidad que me ayudara, se posaron en un gran montón de hojas mecanografiadas sobre la mesa. Su mirada captó la mía y, sin pensarlo, siguió su dirección. Al ver el paquete, comprendió a qué me refería. —Usted no me conoce —dije—. Cuando haya leído esos documentos —mi propio diario y también el de mi esposo, que he mecanografiado—, me conocerá mejor. No he vacilado en plasmar cada pensamiento de mi propio corazón en esta causa; pero, por supuesto, usted no me conoce... todavía, y no debo esperar que confíe tanto en mí. Es sin duda un hombre de noble naturaleza; la pobre y querida Lucy tenía razón respecto a él. Se levantó y abrió un gran cajón, en el que estaban ordenados varios cilindros huecos de metal cubiertos de cera oscura, y dijo:— Tiene toda la razón. No confiaba en usted porque no la conocía. Pero ahora la conozco; y déjeme decirle que
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XVII. Diario del Dr. Seward
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