— El señor Harker llegó a las nueve. Había recibido el telegrama de su mujer justo antes de salir. Es extraordinariamente inteligente, a juzgar por su rostro, y rebosa energía. Si este diario es verídico —y a juzgar por las maravillosas experiencias de uno, tiene que serlo—, es también un hombre de gran temple. Bajar a la cripta por segunda vez fue una muestra notable de audacia. Tras leer su relato sobre aquello, estaba preparado para conocer a todo un espécimen de hombría, pero difícilmente al caballero tranquilo y profesional que ha venido hoy. Más tarde. —Después de almorzar, Harker y su mujer regresaron a su habitación, y al pasar hace un momento he oído el teclear de la máquina de escribir. Estudian duramente en ello. La señora Harker dice que están uniendo en orden cronológico cada fragmento de prueba que tienen. Harker ha conseguido las cartas entre el consignatario de las cajas en Whitby y los transportistas en Londres que se hicieron cargo de ellas. Ahora está leyendo la transcripción a máquina de mi diario hecha por su mujer. Me pregunto qué sacarán en claro de todo esto. Aquí está. … ¡Es extraño que nunca se me ocurriera que la casa de al lado pudiera ser el escondite del Conde! ¡Dios sabe que tuvimos suficientes indicios con la conducta del paciente Renfield! El atado de cartas relativas a la compra de la casa estaba junto a la transcripción. ¡Oh, si las hubiéramos tenido antes, podríamos haber salvado a la pobre Lucy! ¡Alto; por ahí se llega a la locura! Harker ha vuelto y está cotejando de nuevo su material. Dice que a la hora de cenar podrán mostrar una narración completamente conectada. Piensa que, entretanto, yo debería ver a Renfield, ya que hasta ahora ha sido una especie de índice de las idas y venidas del Conde.
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XVII. Diario del Dr. Seward
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