surtir efecto. El corazón de Lucy latía un poco más audible al estetoscopio, y sus pulmones mostraban un movimiento perceptible. El rostro de Van Helsing casi irradiaba alegría y, mientras la sacábamos de la bañera y la enrollábamos en una sábana caliente para secarla, me dijo:— «¡La primera victoria es nuestra! ¡Jaque al rey!». Llevamos a Lucy a otra habitación que ya había sido preparada, la acostamos en la cama y le forzamos a tragar unas gotas de brandy. Noté que Van Helsing le ataba un pañuelo de seda suave alrededor del cuello. Seguía inconsciente y su estado era tan grave, si no peor, como el que le habíamos conocido. Van Helsing llamó a una de las mujeres y le mandó que se quedara con ella y no le apartara los ojos de encima hasta que regresáramos, tras lo cual me hizo señas para que saliera de la habitación. «Debemos consultar qué se va a hacer», dijo mientras bajábamos las escaleras. En el vestíbulo abrió la puerta del comedor y entramos, cerrando él la puerta con cuidado tras de sí. Las contraventanas habían sido abiertas, pero los estores ya estaban bajados, con esa obediencia a la etiqueta de la muerte que la mujer británica de las clases bajas observa siempre rigurosamente. La estancia estaba, por tanto, en penumbra. Había luz suficiente, no obstante, para nuestros propósitos. La severidad de Van Helsing se vio un tanto mitigada por una expresión de perplejidad. Es evidente que se devanaba los sesos con algo, así que esperé un instante y él habló:— «¿Qué debemos hacer ahora? ¿A dónde vamos a pedir ayuda? Debemos realizar otra transfusión de sangre, y pronto, o la vida de esa pobre muchacha no valdrá ni una hora de compra. Tú ya estás agotado; yo también lo estoy. Temo confiar en esas mujeres, aun si tuvieran el valor de someterse. ¿Qué
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XII. Diario del Dr. Seward
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