Se detuvo, y yo traté de sacarlo de su apuro:— Usted ayudó a cuidar a la pobre Lucy hasta el final. Déjeme oír cómo murió; le estaré muy agradecida por todo lo que pueda saber de ella. Era muy, muy querida para mí. Para mi sorpresa, él respondió con una expresión de horror en el rostro:— ¿Contarle sobre su muerte? ¡Ni por todo el oro del mundo! —¿Por qué no? —pregunté, pues un sentimiento grave y terrible empezó a invadirme. De nuevo se detuvo, y pude ver que estaba intentando inventar una excusa. Al fin balbuceó:— Ya ve, no sé cómo seleccionar ninguna parte en concreto del diario. Aun mientras hablaba, se le iluminó la idea y dijo con una sencillez inconsciente, en un tono diferente y con la ingenuidad de un niño: «Es completamente verdad, se lo juro por mi honor. ¡Palabra de honor!». No pude evitar sonreír, ante lo cual él hizo una mueca. —¡Esta vez me traicioné a mí mismo! —dijo—. Pero, ¿sabe que, aunque llevo escribiendo el diario desde hace meses, ni una sola vez se me ocurrió cómo iba a encontrar alguna parte concreta en caso de querer consultarla? Para entonces ya me había decidido a que el diario de un médico que atendió a Lucy podría aportar algo a la suma
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XVII. Diario del Dr. Seward
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